El olor a coco y Paco Rabanne que impera en mi departamento. En mi vida. Aquí. Y en todo lo que pasa.
El cielo, el atardecer y cómo se oculta el sol.
La música. Guanajuato me suena a Jose Alfredo, a puras buenas rancheras. A una gran borrachera por desamor y engaño.
También eso, a desamor. A engaño, a mentiras, a desesperación y desesperanza.
A montañas, a carreteras que dan vuelta tras vuelta. A paisajes tan lindos que son indescriptibles. A verde, a campo. Guanajuato me huele a cuero y botas nuevas. A polvareda que se levanta, que se irreverencia ante todo y ante todos.
Guanajuato quema, como su sol. Te deja marca en la piel aunque no quieras, te lleva a la gente correcta o también a la equivocada. Te deja impregnada de olores y sabores que no debes recordar una vez que ya te hayas ido.
Yo me voy de Guanajuato, pero una parte de mí se queda aquí. Una parte de quien fui y de quien soy, está aquí y también se queda con él. Se queda en sus ojos, en su piel, en sus venas saltadas. En su lengua, en sus brazos. En su cama donde dormimos… y dormimos. Donde se confesó como con nadie más ha hecho.
Guanajuato me va a saber a lágrimas, a abrazos largos y añorados. A nostalgia.
¿Cómo extrañar algo que todavía tienes pero sabes que va a terminar? ¿Se puede? ¿Se puede presentir el final y saberlo?
¿Cómo extrañarlo cuando lo tengo ahí a mi lado? ¿Cómo callarme todo esto cuando le he dicho todo, cuando lo sabe todo? Cuando en realidad nunca fue nada.
¿De qué me ha servido decírselo todo? De nada, porque finalmente estamos quebrados, estamos deshechos desde antes de empezar, desde antes de siquiera pensarlo estábamos condenados al fracaso. No puedo creer que te lo voy a decir pero, esto es peor que tu desaparición. Él sigue aquí, preocupándose, queriéndome a su modo, y que sucede que no es suficiente. ¿Soy avariciosa? ¿Está bien querer más?
Guanajuato me sabe a cliché, al que soy ahora, a la mujer usada y luego dejada, pero no tengo a nadie a quién culpar si no es a mí. Y odio eso porque mi encabronamiento es contra mí, ¿cómo le hago? ¿Te ha pasado?
Te extraño, quiero que vengas, que estés aquí y me abraces. Buscaba aquí un cuerpo para olvidarte y lo encontré, pero resulta que no es tan fácil, ni tan sencillo. Resulta que soy una idiota que se cree todo. Sí, como te lo creí a ti. Guanajuato finalmente, me sabe a ti, a tu ausencia, a tu olvido, a tu desdén.
Sigues siendo ese antes y después en mi vida. Sigues siendo un punto de referencia, sigo pensando en ti como esa persona con quien pude tenerlo todo (o casi). Quisiera que vinieras y lo conocieras. De seguro me dirías que estoy loca, que qué rayos me pasa. Yo tampoco lo sé.
Guanajuato me sabe a tristeza pasada, presente y probablemente futura. Porque sin él, este aquí no existe. Sin él todo este tiempo es intrascendente. Necesito que vengas y me digas que todo va a estar bien, que esto, como lo nuestro, también va a pasar y vendrá alguien a borrarte a ti y a él. Vendrá alguien con quien olvide Guanajuato y todos los espacios y los cuerpos, las palabras, las sonrisas, las miradas. Los abrazos.
Es hora, es tiempo de que me mueva, de que olvide todo lo que tú y yo nunca fuimos. Todo lo que él y yo jamás vamos a ser.
Tu deseo se cumplió. Desde que te conozco he vuelto a escribir, ya es un paso, y en mi caso, uno muy grande e importante. Escribir porque sino algo muere, despacio.
Hoy, mientras terminaba el relato, me acordé que quedamos en hacer un corto juntos. Ese que me platicaste de la esposa insatisfecha. Tanta promesa sin cumplir. ¡Ya qué!
——
Se le estaban escapando las palabras, las letras. Se le escurrían como agua por el grifo. No entendía por qué.
Sabía que tenía mil palabras para dar (porque las palabras no se escriben, se dan, se entregan, se regalan) y ella ya no las tenía. Escapaban.
Escribía de noche y de día, siempre en su cabeza. Mientras dormía, mientras a su papá se le ocurría cogérsela y le decía lo buena que estaba y lo mucho que le recordaba a su madre.
-Estás igual de estrecha. Igual de rica.
A Felipe le gustaba batallar. Que doliera. No pain, no gain.
Ella escribía en sus manos, en la pared. Hacía palabras con la sopa de coditos. Todas sus letras eran como un grito de auxilio. Un grito sofocado por el calor de la cocina y de una rutina ya necesaria en su vida.
Escribía para no ahogarse. Escribía hasta que el cansancio o su padre la mataban, para siempre revivir al día siguiente.
Y cada día era una batalla entre callarse las palabras, escribirlas o simplemente gritarlas como una afrenta. Pero prefería guardar silencio. Era su manera de decirle al mundo, ‘el odio es mutuo’.
Quería saber dónde estaba parada, aunque no estuviera parada en ningún lado. Su estado era más bien letárgico. Estar sin ser, y al revés.
Un día decidió vaciarse en un bloc de hojas amarillas. Escribió como si sólo viviera para eso, con sus respectivos espacios para cogerse a su papacito, a Felipe. Escribió sobre todo lo que se sentía ser penetrada por un cuerpo tan pútrido, que apenas y se levantaba para la ocasión. Escribió sobre la saliva en su oreja y como se quedaba ahí días después. También sobre el sudor, que provocaba que sus cuerpos se pegaran uno al otro. Esa sensación de estar anexado a otra persona solamente por sus fluídos. Escribió también sobre su lengua que le recorría de manera rutinaria los pechos y los pezones mordisqueados con violencia. Escribió también sobre los moretones que le dejaban los golpes cuando ella intentaba decir no. Escribió sobre lo que ella iba a hacerle cuando se armara de valor para mentarle la madre o recordarle que pinche animal enfermo, soy tu hija, ¡cabrón!
Escribió. Escribió. Escribió.
Escribió porque era la única manera de sobrevivir, la única manera de inventarse otra vida en la que no existiera la penetración forzada, los moretones, la saliva pegajosa.
Escribió en el desequilibrio, en la locura, en la sinrazón.
Hasta despertar un día para darse cuenta que ya no había más palabras. De un día a otro las hojas amarillas estaban repletas de señales inteligibles. No había nada que entender. No había más. Felipe finalmente la había dejado vacía. Marchita. He fucked the words out of her.
Felipe. Era lo único que quedaba en su cabeza, pero la verdad es que jamás pudo escribir su nombre. Algo físico se lo impedía. Algunas veces faltaban letras, otras tantas ni siquiera eran los signos correctos.
F E L I PE. Como una suerte de maldición atrapada en su cabeza. E L P I F E. Letras vacías que no significaban nada más que en sus recuerdos. F I E L P E. Letras que jamás volvió a pronunciar después de que vio entre sus manos el pene ensangrentado, causa de todo lo horrible de su vida. Esa extensión de su desgracia, esa cosa llena de podredumbre. F E L I P E.
Hoy, León huele a lluvia, a tierra mojada. Huele a fresco. Tal vez pensarías que como vengo de un lugar lleno de calor estaría acostumbrada a altas temperaturas, pero no. El calor y yo jamás nos hemos llevado particularmente bien. Así que a mi estos climas me parecen perfectos. Soy una fanática loca del invierno, del otoño. De las bufandas, suéteres, mallas, botas. Es lindo vestirse abrigado.
Me gusta sentir el aire frío en la cara, me da una sensación de libertad, de nuevo. No sé por qué.
Pero te decía, que hoy esta ciudad que habito y que me ha adoptado por unos meses, huele a lluvia, está coloreada de gris y del fresco. Y cuando digo gris no te lo digo en una connotación negativa, sino más bien neutral. Así justo como ahora está todo en mi vida: en neutral. Justo cuando pienso que todo va a dar un vuelco, vuelve a lo neutral. A lo gris. A lo mismo. A lo normal.
Me siento confundida y triste, sacada de onda pues. Quisiera contarte todo lo que está pasando, pero me da miedo que te enteres, o que todo te parezca tan estúpido que tu opinión sobre mí cambie. A pesar de todo quiero tener tu respeto, tu admiración, justo como en esos diez días que pasamos juntos. Que sea yo para ti ese ideal que tuviste, aunque ahora ya no.
No podría contarte de él, que ahora ocupa ciertos espacios, que confunde todo lo que siento y pienso. Que llega para dar un vuelco y después nada. Es extraño porque hace tiempo que esto no pasaba, que no me sentía tan vulnerable y al mismo tiempo tan fuerte.
No entiendo esta sensación de abandono y de miedo por poder perder a esa persona que si bien no tiene un título, significa millones. Millones y en tan poco tiempo. Millones y tantas cosas, palabras, situaciones. Miradas. Abrazos.
Es todo. Miedo.
Miedo a hacer alguna estupidez más grande de la que ya hice.
Ya te contaré después, pero hoy sigo procesando este olor a lluvia, este día gris y este miedo que me deja sin palabras, así sin más.
Igual, te extraño.
Tus recuerdos me inundan hasta en sueños.
Me inundan, me mueven.
La peor parte, como en todo, es despertar. Porque el sueño va con madre, o bueno, siempre podría ir mejor pero la verdad es que con sólo verte me conformo.
No tienes idea de lo mucho que he planeado volver a verte, ¿qué haría si nos volvemos a ver en algún lugar random (or not so) del mundo? ¿Qué harías tú?
Siento que llorar por ti, o ponerme triste por tu culpa es una idiotez, sobre todo después de que A. se murió, pero luego me quedo pensando que es mucho peor, tú decidiste irte. Elegiste, por tu propio pie, dejarme. Nadie te obligó, y eso es lo patético de mi asunto.
Estabas con ella. Casado. Esperando otro hijo o hija. No recuerdo. Pero yo caía tan bajo que nada de eso me importaba, a toda costa necesitaba que me hicieras tuya. A toda costa. No matter what. La palabra clave es necesitar.
No me gusta extrañarte.
Hoy vine a San Miguel de Allende. Deberías estar aquí.
Y sí, es reclamo.
De fondo un trío canta
‘Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez, que tengo miedo a perderte.’ Yo ya te perdí, eso está, que si bien clarito.
San Miguel es un pueblito lleno de gringos viejos que vienen a jubilarse aquí. También hay turistas europeos, pero son los menos.
Las calles, como en muchas partes de Guanajuato, están empedradas. Las casas están repletas de ventanas enormes con balcones y puertas con madera ‘de a deveras’.
Me tomé una margarita de tuna a tu salud. Brindé contigo sin ti, con tequila para no perder la bonita costumbre que nos une con las bebidas mexicanas.
En el centro del pueblo, as usual, hay una plaza, un kiosco rodeado de árboles con ramas perfectamente cortadas, nada fuera de su lugar. Hay bancas llenas de abuelos, niños, perros y gente que sólo se sienta a ver cómo pasan los demás. Frente a la plaza, por supuesto está la Catedral, inmensa, gótica, guardiana de los secretos y confesiones de tantos que como yo se confiesan, sólo que yo lo hago aquí, contigo y no busco tu absolución, ni la de nadie.
Entramos y el lugar está bañado de luz del sol del mediodía y alumbra los nichos de los santos. Yo sólo reconozco a San Judas Tadeo porque hay una hoja con su nombre. ¿Sabías que es el santo de los casos imposibles? Casos como el tuyo, como el nuestro, o probablemente peores. No creo que escuche si le rezo, va a pensar que es una chiflazón de mi parte.
En los demás nichos hay flores artificiales. Las que más me llaman la atención son unas rosas violetas que bien podrían ser naturales. De lejos dan el gatazo, justo como tú, que en la distancia te veías tan correcto, pero ahora resulta que eres un hijo de la chingada. Pero bueno, no vine a insultarte.
Justo antes de salir nos cortan el paso porque va a entrar la quinceañera. Su vestido es azul chíngame la pupila, o eléctrico o algún pantone que no conozco. Su cabello está peinado con bucles recogidos, pero tiene demasiado spray y se ven los restos blanquecinos.
Los chambelanes merecen caso a parte: traje negro y camisa a tono que el vestido de la muchacha. Una cosa espantosa, de lejos se ven las telas medio corrientes, medio transparentes.
Salimos de ahí rumbo a ningún lado. Me encontré un puestito de elotes, devoré uno. Mayonesa, limón, chile en polvo.
Sal, para la herida.
Caminamos por los alrededores. Yo me concentro en buscar puertas y ventanas. Balcones. ¿Te imaginas cuántas serenatas escucharon? ¿De cuántos amoríos no fueron testigos? Creo que eso es lo que más me interesa, esas historias que no llegué a conocer, ¿habrán tenido final feliz? Espero que sí, en estos días necesito pensar cosas buenas, bonitas. Historias tipo Disney, donde nadie te dice qué pasó después de que se encuentran y se quieren por un rato. Como tú y yo.
Ya vamos rumbo a Guanajuato, los paisajes de la carretera son impresionantes: verdes, montañas, amarillos, azules y una estela de rosa. Del otro extremo, el negro está comenzando su invasión diaria, pero mientras eso sucede por completo los juegos de colores son en lo único que puedo pensar.
Seguimos, y como todo lo lindo en la vida, de repente llega: Guanajuato capital. Llegamos desde arriba, vemos las luces y descendemos, bajamos. Así pasa con esta ciudad, desciendes hasta el nivel que quieres, pero también subes para admirar en la distancia todo el esplendor que es capaz de mostrar. Y las luces. ¿Te dije que la carretera está en medio de las montañas?
Caminamos, turisteamos. Pulque de mango, de manzana, de guayaba. Uno tras otro, tras otro. Mezcal. Y entonces tu recuerdo me golpea en cada trago: menta, naranja, café, miel, etc, etc. Y todos me saben a ti, a tu boca deliciosa y embustera. A tu boca que todo lo pudo, que todo lo puede.
Viene la mejor parte, ¿estás listo? Te va a encantar tanta ironía. Pues resulta que el alcohol sí me vuelve una mujer fácil, o bueno un poquito fácil, porque tampoco es como que me voy con el primer pelagatos que me haga ojitos, o en este caso ¿pelagatas? No estaba en mis planes, te lo juro. Quiero jurártelo porque siento que te estoy traicionando a ti, pero sobre todo a tu lengua y a tu pene, pero la verdad es que para traiciones, trampas y palabras huecas, tengo las tuyas.
Pero, ajá, yo te decía que no fue planeado. Que tenía alcohol, mucho, en mis venas. Que tenía el sabor de tu boca en mi boca, que el mezcal había hecho estragos en tu recuerdo y todas esas cosas que pueden parecer excusas y que en realidad medio lo son. Y medio que no.
Creo que ya lo sabes que yo era, hasta ese día, virgen en mujeres (digámoslo y dejémoslo así). Lucecitas de antro y Long Island Iced Tea para empezar. Música electrónica y Someone Like You en versión de música de ovnis. Esa canción me jodió, debo confesar, porque no puedo evitar (muy jodidamente) pensar en ti. Y cuando pienso en ti, pierdo. Todo, hasta la ropa y los gustos.
Yo estaba bailando, muy en mi onda, como hago siempre: sin pelar a nadie y sin importarme quién ve. Pero su mirada era pesada, la sentí recorrer mi espalda y mis nalgas con sus ojos. No pude evitar voltear. La vi y ella me vio que la vi. Sus ojos café claro llegaron hasta los míos, pero no le aguanté la mirada. Nervios. Nunca una mujer había logrado ponerme nerviosa. Nunca.
Seguí bailando como si no supiera que estaba ahí, pero como tú bien me lo dijiste soy una tease, y sólo me contoneaba por ella. No sé en qué momento, porque no me di cuenta pero estaba yo tratando de provocarla, aunque fuera a lo lejos, entre la gente. Todo muy ‘inocente’. A pesar de que estaba en un bar gay, creo que tengo escrito HETEROSEXUAL en la frente. O eso me han dicho.
Me sentí halagada, la verdad, quería volver a sentir eso que pasó contigo. Me he vuelto una adicta a ese tipo de conexión y la sigo buscando. Por eso, por tu culpa he cometido varios pecadillos contra tu recuerdo que todavía no me puedo perdonar, porque lo he hecho mayormente por venganza. Algunas también por placer.
Se acercó. Me saludó. Cordialidades de extraños y desconocidos en un antro. Mi amigo se acerca y le murmura algo al oído. Yo sólo me río nerviosamente porque sé que hablan de mí. Ella sonríe y nada más. Me entrega una cerveza fría, muerta, como le dicen por acá. La rechazo porque no es mi trago, pero no importa porque comenzamos a bailar como si fuéramos dos amigas.
Y entonces su mano en mi cintura, llevándome hacia su cuerpo pequeño y firme. Sus senos y sus nalgas estaban en perfecta armonía, nada desentonaba. Su cabello rapado de un lado y medianamente corto del otro era negro azabache. Negro, negro como la obscuridad que nos cubría. Y de la nada su lengua en mi cuello, el escalofrío recorriendo mi espalda, mis poros.
No supe qué hacer. Me declaro perfectamente incompetente para satisfacer a una mujer. Me susurró al oído:
-Yo me encargo.- Y le creí, como te creí a ti tantas cosas.
Nos miramos a los ojos unos instantes y ahí supe. Supe que no tendría el poder de resistirme, de decirle que no quería. ¿No quería? Ni siquiera estoy segura de no querer. Era nuevo.
Me tomó de la mano y nos fuimos. Ni siquiera me preguntó o me dio tiempo para soltarme. Nada. Ella mandaba y yo me limité a obedecer.
Ajá, te resulta familiar porque así es conmigo. Tú mandas, yo obedezco. En la cama soy extremadamente sumisa, eso lo sabes bien por experiencia.
Un hostal de tres pesos, pero igual se sentía un ambiente lleno de calor. Apenas entré a la habitación y cerró la puerta, me quitó lo que tenía puesto, me puso contra el escritorio boca abajo. Yo estaba completamente dominada y no hice ni el más mínimo esfuerzo para evitarlo. Lo deseaba sin saberlo muy a ciencia cierta.
No voy a darte más detalles de los necesarios, así que me limitaré a decirte que lo disfruté. Que su lengua y sus dedos llegaron a los mismos lugares que durante mucho tiempo reservé sólo para ti.
A quién quiero engañar, fue apenas un mes el luto que te guardé.
Grité de placer y de dolor. Por ella y por ti.
Acámbaro huele a pan. Apenas entras a la ciudad y el olor te está invadiendo la piel, los ojos, los oídos. Los poros. Todo.
Es un pueblo mexicano, como muchos que hay en el país, pero aquí es conocido por su pan. Rico, delicioso y engordador pan.
Es primavera, así que todo es verde. Verde, verde, que te quiero verde, como tus malditos ojos. Como tu maldito regreso cuando yo juro que ya te he superado y me doy cuenta que no es cierto. Porque te veo feliz en tus fotos y te maldigo, y siento un vacío en el estómago y quiero vomitar.
No hace frío, ni mucho calor. Es agradable, con ganas de tirarse en medio de la plaza, en el pasto verde.
Recordarte es más sencillo de lo parece. Cada que visito un lugar nuevo me da por pensar en ti, por pensar en qué te voy a contar, qué palabras voy a usar para describirte todo lo que ven mis ojos. Pero resulta que no puedo, que las palabras precisas nunca vienen a mis dedos, que el adjetivo correcto nunca está disponible, porque en realidad no hay nada que pueda contarte que te asombre o que te haga pensar en mí. Porque yo lo sé, ya no piensas en mí. Ya no me recuerdas. Pero aquí sigo, en este ejercicio poco literario y más bien catártico para sentirme cerca de ti aunque ya no sea posible. Para sentir que de alguna manera yo te sigo haciendo parte de mi vida, de lo que siento, de mi día a día tan rutinario que la verdad es aburrido. Por eso no te cuento mucho, porque no hay mucho que contar.
Acámbaro atardece lindo, en un azul suave que va transformándose en gris. A contraluz (o algún otro término fotográfico correcto), provoca unas fotos lindas. Las personas se ven silueteadas en negro y de fondo, la suavidad. ¿El color negro puede ser suavecito? A mí así me lo parece cuando se va apoderando del cielo.
La gente habla, grita, vitorea, pero la verdad yo no escucho bien qué dicen. Yo estoy en otro lado, vine aquí a olvidarme un poco de todo y un poco de nada.
¿Te conté que se murió A.? Un choque camino al aeropuerto. 21 años. Rapidísimo. De repente una mañana recibí una llamada diciéndome: -Se murió A.- No lo podía creer y al instante las lágrimas brotaron. Yo lloraba por todo: por él, sí, por mi hermana, y por todos mis muertos, entre ellos tú. No lo podía creer. Por eso no te había recordado tanto, porque he tenido cosas más importantes en qué pensar. Porque de todas las cosas estúpidas que suceden en mi vida, tú eres la más ‘equis’, pero cuando creo que todo está en el pasado de la nada reapareces, con tu estúpida sonrisa feliz, con tu vida como si nada. Y te odio y concentro todas mis fuerzas en odiarte de verdad y no lo logro.
En fin, a tu salud me como un pan de muerto de Acámbaro, aunque no sea 2 de noviembre.
Justo cuando creo que ya te olvido, llegas de golpe a recordarme que sólo me engaño a mí misma. Que tu sonrisa todavía desarma y que extraño todo de tu cuerpo. El absoluto de tu cuerpo.
Y te odio porque te ves feliz, porque sigues con tu vida como si yo no hubiera pasado por ella. Como si nunca me hubieras conocido.
Yo quiero que me extrañes, que me desees, que te veas miserable. Que no disfrutes nada de lo que haces si no es conmigo. Que quieras volver y me ruegues por recuperar tu lugar en mi cuerpo.
Porque a pesar de todos, desgraciadamente sigues conservando este lugar que es más tuyo que mío. Que cobra vida cuando tú lo llamas y lo haces tuyo.
Las cosas más simples me recuerdan a ti, aún y cuando no deberían.
Justo ahora, terminé de ver una película sobre un paciente con cáncer. Uno de los pacientes, me hizo llorar y no entendí por qué. No fue hasta unos minutos después que me di cuenta que me recordó a ti.
Ni siquiera se parecen, bueno tal vez en la estatura, pero por lo demás le encuentro mayor parecido al holandés que a ti. No sé. Y te extrañé, justo hoy que me di cuenta que ya no te extrañaba o que ya no rezaba porque volvieras. Ya pasó eso, pensé tontamente. Y entonces, sorpresivo llegas de nuevo por cualquier cosa. Y no entiendo, de verás que no entiendo.
A María Rocío le ofrecieron 500 pesos por su cuerpo. Estaba esperando la ruta 80 del camión. Sinceramente, no tengo idea a dónde llega, pero asumo que no era la mejor colonia o el mejor lugar para ir.
Es Domingo de Resurrección, domingo de fiesta de guardar y estoy sentada con un amigo en la plaza central en León. El clima está bastante decente, rayos de sol por aquí y por allá. Suenan las campanas que llaman a la misa de las 5:30 de la tarde. Perdón, a las 17:30 hrs. Pero eso nos tiene sin mucho cuidado porque comemos despreocupadamente como casi siempre, con la ventaja de que hoy es domingo y no hay mucho trabajo por hacer. O mejor dicho, somos excelentes postergadores y dejamos todo para cuando sea absolutamente necesario. Ni modo.
Varias personas se han acercado a pedir dinero, a vender chicles o a cualquier cosa. No confío mucho en dar dinero por aquello de que son una mafia y demás, pero como una vez me dijo mi papá, “Prefiero que me juzguen por pendejo y no por avaro”, y tiene un punto. Pero mi negación es honesta, no tengo nada de cambio para dar.
Pero cuando Rocío se acerca es diferente. Mi amigo la invita a comer.
-Pida lo que quiera, señora.-
Ella medio que se rehusa, prefiere que le den dinero: -Para la renta.- dice. X sigue sin creerle mucho.
-Pida lo que quiera del menú, yo invito.- reitera.
-Es que está muy caro, oiga, noventa pesos por una carne-
-No importa-
Y se sienta con nosotros a esperar su comida.
Nos cuenta su vida: sufre de convulsiones porque su papá le pegaba mucho en la cabeza cuando estaba chiquita, y por eso no consigue trabajo estable. El hombre con el que se iba a casar la dejó por otra mujer. Su familia la quería casar con hombres que tuvieran una camioneta, porque eso significa dinero. Su madre, gran consejera, le dijo: -Mira ‘mija, en Romita todo se vende, ¿por qué no vendes tu cuerpo?- Rocío siempre se negó. A eso no le hace y prefiere pedir.
Su último trabajo fue con una señora que hacía tortillas, pero le entró miedo a su patrona, no fuera que por las convulsiones se diera un mal golpe y la acusara a ella. Entonces que siempre no.
Sus ojos están amarillos, no sé si por el medicamento, la falta de alimento o qué, pero son vidriosos. El iris es café claro, con unas vetas de color verdoso y son profundamente tristes. Cómo no estarlo con una vida así, en donde su desgracia más reciente y menos preocupante es que se quemó las manos y las piernas porque su tanque de gas no funcionaba bien.
X está del otro lado de la mesa y medio que escucha, medio que no porque hay música de fondo cortesía de unos percusionistas de tres pesos.
Rocío nos sigue contando su historia y las historias de quienes conoce. Por lo que alcanzo a entender, alguien vendió a su hijo por 200 pesos. Una ganga. Cualquiera que se dedique al tráfico de niños debe estar contentísimo con este tipo de tarifas.
Todo lo que nos cuenta es tan triste y patético que los tres nos reímos tímidamente para no llorar.
¿Hay gente así en Suecia? ¿Gente que venda niños a 200 pesos? ¿O madres que le digan a sus hijas que vendan su cuerpo?
Espero que no. Pero yo espero muchas cosas porque la esperanza siempre muere al último. Espero que María Rocío consiga un trabajo y deje de pedir limosnas, porque eso empobrece el espíritu, pero no la puedo juzgar porque algo tiene que comer y en algún lugar tiene que vivir. Y ni modo.
Por cierto, también espero que me extrañes.
-Are you british?- No, I’m from Sweden.-Oh!
-Jóvenes, buenas noches. Folks, have a nice night!- Me despido de todos.
-Good night.--Yeah, you too!-. Y ahora que te recuerdo creo que tu cara tenía un dejo de decepción, como si desde antes hubieras esperado algo.
-You don’t have to go.
-E., I’m not having sex with you--Ok, ok-Haces como que no me crees o no me escuchaste.
-Ok, I get it, but can I still please you?
-Nice underwear.