Tu deseo se cumplió. Desde que te conozco he vuelto a escribir, ya es un paso, y en mi caso, uno muy grande e importante. Escribir porque sino algo muere, despacio.
Hoy, mientras terminaba el relato, me acordé que quedamos en hacer un corto juntos. Ese que me platicaste de la esposa insatisfecha. Tanta promesa sin cumplir. ¡Ya qué!
——
Se le estaban escapando las palabras, las letras. Se le escurrían como agua por el grifo. No entendía por qué.
Sabía que tenía mil palabras para dar (porque las palabras no se escriben, se dan, se entregan, se regalan) y ella ya no las tenía. Escapaban.
Escribía de noche y de día, siempre en su cabeza. Mientras dormía, mientras a su papá se le ocurría cogérsela y le decía lo buena que estaba y lo mucho que le recordaba a su madre.
-Estás igual de estrecha. Igual de rica.
A Felipe le gustaba batallar. Que doliera. No pain, no gain.
Ella escribía en sus manos, en la pared. Hacía palabras con la sopa de coditos. Todas sus letras eran como un grito de auxilio. Un grito sofocado por el calor de la cocina y de una rutina ya necesaria en su vida.
Escribía para no ahogarse. Escribía hasta que el cansancio o su padre la mataban, para siempre revivir al día siguiente.
Y cada día era una batalla entre callarse las palabras, escribirlas o simplemente gritarlas como una afrenta. Pero prefería guardar silencio. Era su manera de decirle al mundo, ‘el odio es mutuo’.
Quería saber dónde estaba parada, aunque no estuviera parada en ningún lado. Su estado era más bien letárgico. Estar sin ser, y al revés.
Un día decidió vaciarse en un bloc de hojas amarillas. Escribió como si sólo viviera para eso, con sus respectivos espacios para cogerse a su papacito, a Felipe. Escribió sobre todo lo que se sentía ser penetrada por un cuerpo tan pútrido, que apenas y se levantaba para la ocasión. Escribió sobre la saliva en su oreja y como se quedaba ahí días después. También sobre el sudor, que provocaba que sus cuerpos se pegaran uno al otro. Esa sensación de estar anexado a otra persona solamente por sus fluídos. Escribió también sobre su lengua que le recorría de manera rutinaria los pechos y los pezones mordisqueados con violencia. Escribió también sobre los moretones que le dejaban los golpes cuando ella intentaba decir no. Escribió sobre lo que ella iba a hacerle cuando se armara de valor para mentarle la madre o recordarle que pinche animal enfermo, soy tu hija, ¡cabrón!
Escribió. Escribió. Escribió.
Escribió porque era la única manera de sobrevivir, la única manera de inventarse otra vida en la que no existiera la penetración forzada, los moretones, la saliva pegajosa.
Escribió en el desequilibrio, en la locura, en la sinrazón.
Hasta despertar un día para darse cuenta que ya no había más palabras. De un día a otro las hojas amarillas estaban repletas de señales inteligibles. No había nada que entender. No había más. Felipe finalmente la había dejado vacía. Marchita. He fucked the words out of her.
Felipe. Era lo único que quedaba en su cabeza, pero la verdad es que jamás pudo escribir su nombre. Algo físico se lo impedía. Algunas veces faltaban letras, otras tantas ni siquiera eran los signos correctos.
F E L I PE. Como una suerte de maldición atrapada en su cabeza. E L P I F E. Letras vacías que no significaban nada más que en sus recuerdos. F I E L P E. Letras que jamás volvió a pronunciar después de que vio entre sus manos el pene ensangrentado, causa de todo lo horrible de su vida. Esa extensión de su desgracia, esa cosa llena de podredumbre. F E L I P E.